En Crimea ya no se escuchan las voces de los «fundadores y colonos de la orilla salvaje de la tierra tártara», sino el ruido de los instintos y la supervivencia, «los rugidos de la vida animal, de la antigua vida de las cavernas que conocieron estas montañas y que ahora ha regresado.» En Crimea muchas cosas han sido «barridas con la escoba de hierro» y muchas cosas se han perdido: «tártaros de ornamenta cobriza con canastas preñadas en las caderas, armenios bribones y jaraneros de Kutaísi, las roscas de pan, la tinta china, el olor a ajo y pimiento, las sombrillas de señora en la arena…». Al n