La imagen terminada muestra una gran composición amarilla repleta de figuras recortadas con grueso contorno negro, uno de los rasgos más reconocibles de Keith Haring. Aparecen personajes bailando, animales, corazones, un perro ladrando y pequeñas formas repetidas que llenan casi toda la superficie, así que el montaje no se apoya en grandes zonas vacías sino en bloques de color muy definidos. Eso hace que sea un puzzle agradecido para ir avanzando por franjas y siluetas, aunque exige atención en las piezas con fondo amarillo continuo y en los personajes que comparten postura o tamaño parecido. Una vez montado, el formato horizontal de 70 x 50 cm funciona muy bien como pieza decorativa por su contraste alto y su estética urbana de los años 80. Encaja especialmente con quien disfruta los puzzles de arte contemporáneo y prefiere una imagen enérgica, gráfica y muy reconocible antes que un paisaje clásico. Al tratarse de un lenguaje visual tan identificable, el resultado final tiene además ese atractivo extra de las obras de Haring: se reconoce al instante y mantiene fuerza visual incluso visto desde lejos.