Nunca habíamos visto algo así. Con picos y cepillos, retiramos los fragmentos de roca que cubrían las mandíbulas fosilizadas. Eran enormes, pero el animal que una vez manejaba esas mandíbulas no era un dinosaurio, sino un colosal cocodrilo. Habíamos ido a buscar huesos de dinosaurio en el legendario cementerio de fósiles del Sahara, una remota extensión de rocas y dunas barridas por el viento llamada Gadoufaoua, "el lugar que los camellos temen pisar" en Tamasheq, el idioma de los tuaregs del desierto. Para los cazadores de fósiles es el paraíso: las capas más ricas en restos de dinosaurios del continente africano. Cuando acabábamos de llegar hace una hora, nos encontramos cara a cara con un antiguo cocodrilo que podría haber planteado una seria amenaza a los dinosaurios del lugar. La especie no era nueva para la ciencia. El paleontólogo francés Albert-Félix de Lapparent fue el primero en encontrar algunos restos de esta criatura: dientes cónicos, vértebras y escudos (placas dorsales) de 30 centímetros de largo.