En el extremo meridional de la Cañada Siniestra se erigía una vieja y siniestra construcción de tiempos de otrora; la ciudad de Robleda usaba este lugar para recluir a los más peligrosos delincuentes, aquellos más allá de toda redención, bien por su vileza o por su deteriorado estado mental. La cartografía es de Eneko Menica.